GLOSAS LITERARIAS

 FELIX FATUM

       Si es que existe todavía, el estudiante vocacional de Humanidades (Literatura, Filosofía, Historia...) habrá de combatir su desilusión universitaria y su soledad de rara avis en el mundo con reconfortantes pensamientos de futuro. Imaginará que, cuando presente su Tesis Doctoral, el Tribunal que examine su trabajo lo habrá leído cuidadosamente y sus miembros lo comentarán con discernimiento antes de darle el sobresaliente cum laude. Imaginará que, cuando ejerza su oficio de profesor, intercambiará con ardor complicidades y juicios con sus compañeros de gremio sobre el saber que ama y que imparte. Imaginará que, cuando escriba su primer libro, detectará el interés –e incluso el entusiasmo- del editor que lo publica y compartirá con él las esperanzas y expectativas del mismo.

           Nada de esto ocurrirá, desde luego, pero es mejor que él no lo sepa, como es mejor que nadie sepa el día y hora fatal de su muerte. Todo vendrá a su debido momento y poco a poco se irá curtiendo en el aprendizaje de la decepción, en aquella bendita sabiduría barroca del desengaño. Verá hasta qué punto su precioso saber no tiene valor de cambio ni valor de uso en el mercado de los bienes y de los servicios, y que el mundo lo convierte en un ser atrabiliario, un resto penoso de la época extinta de las bibliotecas. Pero nada de eso menguará el gozo ni la intensidad del placer dentro de su alma. Cultivará su vocación clandestinamente con uno o dos amigos (si es afortunado) y descubrirá el valor del silencio y la discreción. Comprobará que son otros –farsantes charlatanes- quienes se granjean el respeto oficial y el reconocimiento público.

 

          Pero él vivirá silenciosa y permanentemente en un sistema clásico y espiritual de referencias (filosóficas, literarias, artísticas) que ha de acompañarle hasta la tumba: la ciudad de Köninsberg y el nombre de Lucilio le remitirán sin falta a Kant y a Séneca; si al azar escucha hablar de Tom Jones, le vendrá a la cabeza la novela de Fielding, no un añejo cantante de los años 70; cuando el Tour de Francia termine una etapa en el Mont Ventoux, se acordará de Petrarca indefectiblemente, y el sol otoñal de alguna mañana entrando en su cuarto le hará pensar en el holandés Vermeer... Nunca se planteará si es buena o mala esta red de asociaciones y recuerdos con los que teje su visión del mundo. Sólo aceptará sin muchos remilgos que ésta es su manera de estar en él.

EL HOMBRE DE ANTIGUAS LETRAS

          Uno de los reproches que la vulgaridad del mundo formula al hombre de antiguas letras es la inanidad de su servicio. ¿Para qué enfrascarse en los libros cuando la vida funciona por otro lado?, ¿para qué seguir evocando nombres, datos y fechas cuando todo está dentro del chisme digital que cabe en el bolsillo? ¿Y por qué mirar a un pasado vencido teniendo a mano y a la vista la mtrepidante urgencia del presente? Estas preguntas desconsideradas siempre han tenido sus formuladores, pero su eco -y la adhesión de que gozan- son  tan masivos en la actualidad que han pasado a la categoría de sobreentendidos y ni siquiera es ya preciso formularlas explícitamente.

          Pero el hombre de antiguas letras -el humanista, ya maduro- las percibe en el ambiente, y alguna vez, en la intimidad de sus horas, contemplando el paisaje otoñal de su biblioteca, considera atentamente esas preguntas, aunque sabe de antemano las respuestas. A veces sospecha (o interpreta) las que imagina el mundo para explicar su “anacrónica” labor recalcitrante. Recuerda entonces, quizá, al sutil Maquiavelo cuando, al final del capítulo décimo de El Príncipe, afirmaba que los habitantes de una plaza sitiada “tanto más interés tomarán en la defensa de su señor cuanto mayores sacrificios tuvieren hechos por él”. Cuando se ha perdido mucho, se afronta mejor el riesgo de perderlo todo. Al jugador que se gasta en una noche nueve décimas partes de su fortuna, ¿quién le reprochará que apueste al cabo el diezmo restante? Esa es la razón de extenuantes sacrificios, de inauditas adhesiones, de conductas desahuciadas y de amores imposibles. Llega un instante en que detenerse, más que un acto de prudencia, es asesinar sencillamente el sentido de una vida. Uno prefiere el hundimiento al fracaso, el sentimiento de la perdición a la sensación de la pérdida. Inmolarse es lo menos que se puede pedir a quien ha hecho costumbre del sacrificio...

 

           Pero el viejo humanista no acepta esa respuesta para su caso, esa sutil (pero pedestre) interpretación. O la acepta tan sólo como aledaña de otra más cierta. Es verdad que resiste en plaza sitiada por los enemigos, casi vencida por la penuria de los sitiados, por la muchedumbre de los sitiadores, pero ha empeñado su vida, no la ha perdido, en la denodada “defensa de su señor”. Él ha vivido, él ha gozado, él ha sentido, y la bandera humanística a la que sirve no sólo no ha matado esa vital disposición, sino que le ha aportado la ayuda y sentido necesarios. ¿Qué significa, por otro lado, vivir la vida?: ¿acudir a todas las citas, bailar en todos los pasacalles, ceder a todas las novedades y sumergirse ciegamente en el moderno río de la inmediatez? Eso no es vivir la vida; eso es ser devorado por ella...

PEDREGOSA TIERRA

                                       

 

A los viejos profesores de materias humanísticas en la Enseñanza Media, víctimas de la incuria de los tiempos digitales y de una disolvente Ley educativa que concibieron políticos y pedagogos resentidos (que en su día fueron –no cabe pensar otra cosa- malísimos estudiantes).

 

Cómo vender a las almas blandas el hueso del sentido

cuando con medios vastos, refinados, infinitos,

la época hoza y se reboza en su embolismo ciego.

Y cómo proponer a quien no los lleva dentro

(y cada día los que lo llevan menguan)

el regalo de la angustia conquistada,

la belleza que asesina sin piedad,

la pregunta necesaria y sin respuesta.

 

Todo es pedregosa tierra para esta semilla

y ni con amor el saber llega.

EL ESTIGMA ZWEIG

Cuando aún había libros en los hogares de la clase media, los jóvenes “intelectuales” de mi generación (todos invariablemente progres y melenudos), con la insolencia de la edad, ignorábamos displicentes, por inanes o reaccionarios, muchos de los volúmenes que constituían las bibliotecas familiares. Libros como Hambre de Knut Hamsun, El Doctor Zhivago de Boris Pasternak, Climas de André Maurois,  El filo de la navaja de Somerset Maughan, El malvado Carabel de Fernández Flórez, Quo Vadis de Herik Sienkievicz o las Historias del Padre Brown de G. K. Chesterton, por citar sólo unos cuantos, eran entrevistos con altanería por nuestros ojos, ahítos de volúmenes de mayor enjundia, osadía técnica o compromiso político. Entre esas obras preteridas o, con más certeza, despreciadas por la incuria y la ignorancia de nuestros años mozos, estaban, por supuesto, las de Stephen Zweig, a quien intuíamos, sin conocerlo más que por los lomos de sus libros, un biógrafo aburrido, un prescindible ensayista burgués y un novelista facilón (cuyos relatos, dónde va a parar, serían mucho menos interesantes que Rayuela de Cortázar, La madre de Gorki o los Trópicos de Henry Miller).

 

            El tiempo no sólo arruga, debilita o encanece; también aporta sabiduría. Hoy Zweig, en cierto modo, representa para mí el paladín más ajustado de toda aquella literatura que poblaba vanamente –a nuestro sentir de entonces- los anaqueles de las bibliotecas paternas. Una cultura honda y perfectamente digerida, una curiosidad insaciable, un delicado sentido ético, una modestia y una devoción por la presencia del Espíritu en las obras humanas, una acabada comprensión de la grandeza y la miseria de sus semejantes y un estilo limpio y sentido, finamente literario, hacen de Zweig –luego lo vi- el ejemplo más acabado de un humanista en el siglo XX. Por eso mismo da la impresión de que –igual que en Kafka, en Rilke, en Camus- vemos el alma grande de Zweig en sus creaciones, compareciendo a la par que sus libros. A pesar de las reediciones felices de que goza hoy su obra en nuestra lengua, la indiferencia que sentíamos por él en nuestros primeros años de formación adquiere, para nosotros, el carácter de un estigma generacional, y su suicidio–cometido en Brasil, donde estaba expatriado, durante la Segunda Guerra Mundial- es el emblema del aciago destino que aguarda a los amantes de la cultura humanística en la necia sociedad contemporánea.

 

FLORES EN EL ALBAÑAL

          Hay grandes, poderosos escritores, escritores con mayúscula, a pesar de sí mismos y del cariz mostrenco de sus intenciones. Es el caso paradigmático de Zola, que escribe obras maestras como Therèse Raquin o L´assomoir  pasando por encima (o por debajo) de las absurdas y raquíticas teorías cientifistas en las que decía fundar sus novelas. Pero a lo largo del siglo XX los mayores obstáculos que se puso a sí mismo el genio creador ya no fueron de signo ideológico, sino que derivaron de su negación de la realidad objetiva del mundo y de su delirante apuesta por la representación espesa y subjetiva del mismo. Esto se manifiesta particularmente en lo que podemos llamar “novelistas del flujo”, de la incontinencia sintáctica, verbal, autoral. Es el Faulkner que se confabula contra los lectores, el Joyce que escribe con guantes en su laboratorio, el Proust hiperestésico que se mira el ombligo. Más amigos de Plutón que de Platón, son escritores dotadísimos que han renunciado a las trascendencias (o que, como Proust, sólo han pretendido la reminiscencia inmanente de una magdalena). Pero el Arte y alguna Verdad brotan a veces en los albañales de los genios como flores extrañas: ahí está Luz de agosto, ahí están Los muertos y ahí está ese primer capítulo de Por los caminos de Swann...

SOBRE  BRASAS  Y  CASTAÑAS

 

 

          Con todo, es preciso reconocer que la frontera entre una obra maestra de exigente lectura y una brasa es a menudo difícil de dilucidar y que se trata, en cualquier caso, de una elección muy subjetiva. Lo mismo sucede en el tránsito entre la brasa y la castaña. Aunque piden entrega y atención máximas por parte del lector, no son brasas, a mi juicio, Bajo el volcán de Malcolm Lowry, El hombre sin atributos de Robert Musil o Pedro Páramo de Juan Rulfo, pero Proust es brasa por momentos y El ruido y la furia de William Faulkner es ya una castaña sin discusión posible. La cosa se ve o no se ve, se siente o no se siente, pero es de demostración espinosa. Y a propósito de este último adjetivo, si digo –tal como lo pienso- que La fea burguesía de Miguel Espinosa es la obra maestra de un genio, Volverás a Región de Juan Benet es toda una brasa y Larva de Julián Ríos el paradigma mismo de la castaña, ¿cómo argumentar estos juicios (salvo quizá este último) de manera fehaciente? Todo depende, en buena medida, de las condiciones y el temperamento del lector. Para mí, por ejemplo, la condición de brasa deriva sobre todo de dificultades técnicas, manierismos expresivos y frialdad experimental, pero no tanto de implementaciones semánticas o psicológicas (alegorización trascendente, estilización del absurdo, sistematización de lo grotesco...); por eso El proceso de Kafka o Ferdydurke de Gombrovicz me parecen sencillamente obras geniales, Molloy de Beckett, sin dejar de serlo, es ya una brasa, Años de perro de Günter Grass tiene puntos (y más que eso) de castaña y Arno Schmidt o el "nouveau roman" son castaños de los castañares que producen castañas sin remisión.

          Discutiendo hace no mucho sobre la renovación narrativa que ocurrió en el siglo XX, hemos sellado entre dos o tres amigos un par de términos específicos –vale decir tecnicismos críticos- para designar obras de difícil lectura dentro del marco significativo de la novela del pasado siglo, a saber: “brasa” y “castaña”. Por expresarlo con brevedad, “brasa” es una obra de mérito, respetable, verdadera, tal vez imprescindible, pero en cuya misma naturaleza estética está el ponérselo difícil al lector, exigirle a veces esfuerzos ingratos; la “castaña”, por el contrario, es ya expresión de un fracaso estético, ilegible, infumable, indigerible, cuya nada esencial viene arropada muy a menudo por un vano experimentalismo, un manierismo huero -impostor y fraudulento la mayor parte de las veces. Las castañas suelen llevar adherido otro signo inconfundible: nunca se leen por entero; puede, quizá, merecer la pena gastar nuestro tiempo leyendo una brasa, pero nunca perderlo con una castaña.

          Hay grandes novelistas del siglo XX –Steinbeck, Svevo, Zweig, Camus, Graham Green, etc., etc.- que nunca escriben brasas; otros, no menos buenos, siempre o casi siempre lo hacen. Un mismo escritor, por añadidura, puede producir, en este sentido, distintas obras a lo largo del tiempo; por mencionar un conocido caso español de declinación progresiva, Cela empezó escribiendo obras maestras (La colmena), pasó a las brasas (San Camilo 1936) y acabó en las castañas (Cristo versus Arizona, y otras). “Brasas” son El Ulises de Joyce, Santuario de Faulkner, El Doctor Faustus de Thomas Mann o La muerte de Virgilio de Hermann Broch. Y “castañas”, el Finnegans Wake de Joyce, El libro de Manuel de Cortázar, V. de Thomas Pynchon o cualquier novela de Robbe Grillet, por poner sólo unos ejemplos.

LECTURAS ADOLESCENTES Y RELECTURA

             ¿Cuántos "lectores jóvenes" existirán hoy en día? Llamo “lectores” a los que tienen el ansia de conocer el mundo a través de los libros y desean leer con sus propios ojos TODO aquello que merece y ha merecido la pena ser leído. Y llamo “jóvenes” a los que no llegan a los 25 y tienen los factores de la juventud en su proporción exacta: un 50% de ilusión y buena fe y otro 50% de exhibicionismo y necesidad –legítima- de autoafirmación (ah, ¡y un 100% de ignorancia!). Hablo por mí, cuando era joven, pero supongo que mi caso es extensible a los demás. Si no existen “jóvenes lectores”, verdaderamente es una lástima, porque los sensores de lectura están en su máxima intensidad de los 15 a los 25 años y los libros entran como tiros en el alma. La imperfección o superficialidad probable de esas lecturas juveniles (mejor llamarlas “adolescentes”) no es una razón para minusvalorarlas desde el mirador de la edad madura. Pues en aquel período –y no en ningún otro- se plantan las raíces, se ponen los cimientos de lo que será después –si llega a serlo- una solvente y profunda cultura literaria. O entonces o nunca. (Aflige, por cierto, comprobar cómo las nuevas generaciones, tan plagadas de universitarios, están procurando en este sentido, con celo digno de mejor causa, un yermo absoluto e irremediable para el futuro de sus vidas). Recuerdo esas tardes y noches enteras leyendo sin pausa y con arrobo cuatro, cinco, seis horas sin merma de visión, fatiga de la mente o embotamiento del espíritu.... ¿Quién es capaz, veinte años más tarde, de aguantar otro tanto?

          Ante el enorme acopio de lecturas realizadas en esas sesiones maratonianas de los años mozos es comprensible que al lector ya maduro le asalte la duda: ¿releer o no releer lo entonces leído? He ahí la cuestión. Pues se leyó de todo, con avidez infinita. Es verdad que muchas de las lecturas eran coyunturales, dictadas por el signo y la moda de los tiempos y lo que a la sazón eran autores y obras imprescindibles hoy nos parecen innecesarios: ¿quién va a releer a Celaya o a Goytisolo pudiendo releer a Cernuda o a Delibes?; ¿quién va a volver a los poemas de Brecht, a El hombre unidimensional de Marcuse o a los ensueños teológico-científicos de Teilhard de Chardin, si puede volver a Horacio, a Kant, a San Agustín? También es cierto que hay lecturas adolescentes, además de epocales, que parecían destinadas a arrebatar nuestro espíritu en los primeros años: Kerouac, Allen Ginsberg, Lautréamont... El mero instinto y la experiencia nos asiste muchas veces en nuestras tentaciones de relectura: Nadja de Breton, no; El lobo estepario de Hesse, sí. Y ocurre lo mismo con lo que nos entusiasmaba en el terreno del ensayo filosófico: La experiencia interior de Bataille, no; La genealogía de la moral de Nietzsche, El mito de Sísifo de Camus, El aciago demiurgo de Cioran..., sí. Porque son obras, por así decirlo, de adolescencia eterna y universal: al volver a ellas, aunque alejados tal vez del radicalismo de sus planteamientos o de la ingenuidad de sus soluciones, no vemos la rebeldía o la desesperación de la juventud como un molesto sarampión, como una fiebre estacional de la primavera de la vida, sino como una aspiración natural y legítima del ser humano.

 

              Frente a esas lectura adolescentes, hay otras, en cambio, que requieren necesariamente a un lector maduro y que, si acaso se hicieron en los primeros años, es forzoso volverlas a hacer con el paso del tiempo. ¿Cómo comprender la enjundia humana y la riqueza poética de la Divina Comedia o del Libro de Job antes de los 30? Y, por otro lado, existen obras (el caso de Hamlet, del Quijote, de Los hermanos Karamazov...) que piden visitas periódicas a lo largo de la vida, pues la apreciación de sus tesoros en cada tramo de edad es diferente. Y hay también obras y autores que tienen su tiempo, su momento, de relectura: quizá leer a Galdós, el pausado Galdós, parece más apetecible en la edad madura que releer al rápido y hábil Baroja. Pero todo esto es, al fin y al cabo, cuestión de gustos y valoraciones. Y la duda subsiste en muchos casos. Es cierto que las circunstancias se imponen a veces, y la realización de algún trabajo o el interés de alguna búsqueda dictan la necesidad de la relectura. O es la disposición –o la falta de ella- la que pone los límites. Uno no se ve con el ánimo de hacer esfuerzos como los que hizo entonces: ni para volver a “gozar” de la prosa o la poesía de Lezama Lima ni, menos aún, para volver a torturarse inútilmente (ahora lo sabe) con Jacques Lacan. Si tiene el prurito de volver al psicoanálisis no hace falta hocicarse en la charca lacaniana estando disponible el manantial de Freud.

 

              Porque el buen criterio del lector maduro suele llevarlo, por otro lado, a la jerarquía imprescindible de lo canónico y a la preponderancia del valor contrastado de los autores clásicos frente al dudoso (y a menudo efímero) predicamento de los modernos. Uno va a lo seguro. No es tiempo ya lo que nos sobra, y es una lástima perderlo. Pero ¿qué hacer, por ejemplo, con los clásicos modernos y rompedores que nos gustaron tanto: el Ulises de Joyce, por poner un caso? Miedo me da. ¿Y qué ocurre con la mítica y generacional Rayuela de Cortázar? Vale más no releerla, porque es seguro el batacazo. Tampoco me he atrevido hasta el momento con algunas reliquias de culto privado que me cautivaron en la primera juventud (ese ignorado J. Leyva, por ejemplo, cuyas obras tuvieron para mí una grandeza iniciática)…

LISTOS, LISTILLOS Y SABIOS

                   Igual que un amante del buen vino es el que menos tolera los vinos malos, el amor por los buenos libros suele manifestarse en un seco repudio por la infinita suma de los deleznables. Eso es algo inevitable. Cuando un lector habituado a  los verdaderos clásicos, a las grandes obras de la Literatura, rechaza los best-sellers y los autores de moda, los lectores de poco calado y baja intensidad que consumen esos libros y admiran a esos autores lo tachan de elitista (y tienen razón: ¿no aceptamos todos de buen grado que existen deportistas de élite?) y consideran su actitud como una muestra de desprecio hacia sus personas. Ahí se equivocan. El lector refinado no desprecia a los lectores masivos (se congratula de que aún haya lectores, aunque sean de dicho perfil), lo que le duele es el fraude que los autores cometen con ellos y el hecho de que haya escritores y obras que naveguen por el mundo bajo pabellón falso. Pero eso le resulta imposible demostrarlo. ¿Cómo convencer al que no es capaz de percibirlo de que una página está mal escrita, de que una obra carece de espíritu, de que eso se ha dicho mucho mejor innumerables veces o de que tal relato tiene un fallo criminal en el punto de vista? Estas vanas persuasiones requerirían, por lo demás, otros previos convencimientos, igualmente imposibles de llevar a efecto: ¿cómo transmitir al que no lo sabe por experiencia propia que la verdadera literatura es algo más que un expediente para pasar el rato, que su misión no es sólo contar historias sino descubrir mundos, que uno puede, al acabar un libro, ser alguien distinto de quien lo empezó?          

             No sucede con todos los escritores modernos que han logrado el éxito y el reconocimiento (ahí están Coetzee, McEwan, Foster Wallace y otros), pero lo cierto es que muchos basan su crédito en la escasa o nula preparación de sus lectores. Eso ha ocurrido en todas las épocas, pero en ésta se agudiza por la acción conjunta de la universalidad mediática y el semi-analfabetismo generalizado. Falsos novelistas y falsos gurús, de nula relevancia literaria o intelectual, venden listeza por sabiduría y sacan partido de esa ignorancia. Si se hubiera leído a los maestros de la novela gótica –Jan Potocki, Ch. R. Maturin, M. G. Lewis- ¿quién podría aguantar la trama burda y mostrenca de El código Da Vinci? ¿Y dónde quedarían las parabolitas de Paolo Coelho –destinadas, a lo sumo, a una edad mental de siete años- si se hubiera leído, por poner un ejemplo, Los ojos del hermano eterno de Stefen Zweig (o qué lector de Idries Shah, Allan Watts o Suzuki no descubriría a la tercera línea la inanidad tramposa de su “mensaje”)?  Pero  eso también ocurre, lo cual es  más  grave,  con otros  escritores  de  mayor

"prestigio". Si se hubiera leído El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad no se le daría tanta importancia al hábil sucedáneo El afinador de pianos de Daniel Mason, un relato estimable hasta cierto punto, pero que carece por completo de la carga existencial y metafísica del escritor polaco. Y si se hubiera leído el Orlando furioso de Ariosto, El Criticón de Gracián o Rinoceronte de Ionesco, ¿quién valoraría como algo potable las alegorías ramplonas de un Saramago?

            Los listos y listillos -o los simplemente afortunados- pasan por sabios ante la venia y aclamación generales. Casi nunca han sido el mérito y la honradez valores de mercado, pero menos que nunca en la actualidad narcisista de estos tiempos digitales, donde el valor de alguien parece medirse apresurada y tontamente por el número de seguidores. Pero convendría recordar que, como consignaban los maestros tradicionales –desde Sócrates a Lao Tsé-, el sabio y el vulgo navegan siempre en barcos distintos y que el verdadero sabio nunca es aplaudido (ni a menudo percibido) por la mayoría.

SARTRE, BAUDELAIRE Y PEDRO CARRASCO

             Leyendo la preciosa y entusiasta biografía de Baudelaire escrita por César González Ruano, he confirmado mi falta de afinidad espiritual con el enorme poeta francés. Nada que objetarle -¡faltaría más!- como escritor, pero su espíritu.... ¡ay su espíritu de señorito mimado! Cuando de joven es enviado por su padrastro -al que odia con edípico rencor- un año y medio a la India como cura de salud para reorientar su vida, el poeta se resiste (ante la extrañeza de un Nerval, que no puede comprender cómo su amigo no da saltos de alegría por la aventura exótica que se le presenta). Embarcado finalmente, casi por la fuerza, el capitán de la nave, "asustado y temeroso de verle enfermar de nostalgia", accede a sus ruegos y le devuelve a casa en un paquebote desde la Isla Mauricio. Baudelaire vuelve, pues, a París para despotricar y aburrirse durante toda su vida: "Je m´ennuie, je m´ennuie", repite hasta la saciedad en sus poemas, en sus epístolas, en sus diarios...¡Vaya espíritu el de este dandy infantiloide que, después de jugar a la marginación toda su vida, reclama un puesto en la Academia!. No, Baudelaire no es mi tipo. Es la misma asintonía que experimento con autores a los que admiro por su obra, pero cuya actitud me chirría: el pusilánime Erasmo, el geométrico Spinoza, el autosatisfecho Voltaire, el encefálico Valéry, o el cínico Sartre de la cáscara amarga (¡qué diferencia con el alma bella de Camus!). Por cierto, la mejor crítica que conozco al autor de Huis-clos se la hizo hace años el desaparecido boxeador Pedro Carrasco en el curso de una entrevista de prensa. A la pregunta -tal vez capciosa- de qué opinaba sobre la afirmación de un filósofo francés, llamado Sartre, que decía que "el infierno son los otros", contestó el campeón mundial del peso ligero: "Ese señor debía de creerse que él mismo era el paraíso; yo, en cambio, pienso que el infierno está en cada uno de nosotros". ¡Admirable respuesta!

SOBRE GENIOS Y MAESTROS

                Se ha escrito mucho sobre la genialidad. Genios, como Kant o Platón, hablaron de ella con fundamento. El prolífico Harold Bloom publicó hace años un libro sobre la materia, irregular e interesante como todos los suyos, y también falto, como todos los suyos, de precisión teórica y conceptual, que en esa ocasión se manifiestaba en la mezcla indistinta y sin explicaciones de genios y maestros de la literatura. Convendría tal vez distinguir esos términos.

              La genialidad, en sentido estricto, debería adscribirse a aquellos autores que muestran universos o perspectivas (psicológicos, mentales, formales o existenciales) que el hombre, sin ellos, jamás hubiera concebido. El maestro, por el contrario, es el que alcanza, en el marco preciso de la tradición, cotas de refinamiento, perfección o sensibilidad extraordinariamente personales. La maestría de don Juan Manuel y la genialidad de Juan Ruiz, la maestría de Petrarca y la genialidad de Dante, la maestría de Tolstoi y la genialidad de Dostoievski... Los maestros colman las presencias, los genios cubren los vacíos. Por poner un ejemplo de la literatura española: si el maestro Garcilaso no hubiera existido (irreparable pérdida) tendríamos sin duda -y los tenemos- a Garcilasos menores. Pero si el genio de Juan de la Cruz no hubiera escrito sus grandes poemas, ningún sucedáneo cubriría esa falta y ni tan siquiera sospecharíamos que su ausencia tomaba la forma de un hueco.

             En realidad, los genios sobrepasan, cada uno a su modo, nuestras expectativas, porque se sobreponen –por encima de los códigos convencionales- a los condicionamientos formales o mentales de su época. No hay más que pensar en Cervantes, no hay más que pensar en Shakespeare. El genio siempre sorprende, porque va (y nos fuerza a) ir más allá. Un maestro describe hermosamente los adornos que muestra el escudo de Aquiles, pero sólo Homero a partir de ello (canto XVIII de La Ilíada) despliega el mapa de todo un mundo; un maestro exhibe con arte su realidad más íntima en una autobiografía (Montaigne lo hizo admirablemente), pero sólo el genio de San Agustín traza con ello el camino espinoso de la búsqueda espiritual en el alma humana; a un maestro le es dado narrar, de manera honda y verosímil, un proceso judicial del cual es víctima atroz un hombre, pero sólo genios como Kafka o el autor del Libro de Job nos hacen sentir que en ese proceso se juega el destino del ser humano.

           Cualquiera puede, con legitimidad, preferir a la sima genial la cima de la maestría. Porque la genialidad es un abismo sin fondo, la maestría es un pico anhelado. Cada lector tiene el derecho de elegir sus grandes paisajes. Algunos autores erraron sus tiros (y su camino): Goethe, por ejemplo, persiguió con ahínco la genialidad literaria sin conseguirla, mientras que otros, como Whitman, la encontraron de frente sin pretenderlo. Ya decía Kant en su Crítica del juicio que el genio actúa como naturaleza y carece de plan o poder racional para producir su genialidad o reducirla a reglas. El maestro puede llegar a ser inefable, porque es imposible con palabras que el crítico dé cuenta de su belleza: “Cual queda el blanco cisne cuando pierde / la dulce vida entre la yerba verde”, escribe Garcilaso; Dámaso Alonso exclamaba arrobado al llegar a estos versos: “¡Tiremos nuestra inútil Estilística, no nos sirve para nada!”. La inefabilidad del genio es distinta: no es que la regla de medición se quede corta: es que no hay vara, en realidad, para medirla.

LA EXPERIENCIA ESTÉTICA

              El gozo que a veces me produce la magnificencia de la naturaleza ocasiona en mí, simultáneamente, una angustia que no se produce ante la belleza artística. Pasear por Praga al atardecer, recorrer los frescos de Giotto en la capilla Scrovegni de la ciudad de Padua o leer un  poema de Rilke son imborrables experiencias estéticas en las que yo mismo me reconozco. Me extasían, pero no me superan. La grandiosidad natural sí que lo hace. Descubrí esta sensación con todo rigor en mi primer viaje a la India, hace ya 35 años. Concretamente en Srinagar, la llamada “perla de Cachemira”. Desde mi house-boat en el lago Dhal, contemplaba diariamente la imponente cordillera del Himalaya, mientras el agua, bajo mis pies, era un fastuoso jardín flotante lleno de nenúfares y de lotos. Me penetró la impresión dolorosa de no saber qué hacer con todo aquello. No sabía de qué modo incorporarme esa belleza, cómo asimilarla, cómo deglutirla, salir mejorado o fortalecido de ella. El espíritu oriental diría que, en efecto, el error es mío: querer integrar, querer poseer, en lugar de integrarme sin codicia, de ser poseído sin resistencia (por el objeto, por la realidad, por el flujo mismo de las cosas). Es el estigma occidental de los hijos de Adán, de los exiliados del Paraíso: cuando Adán fue arrancado de la plenitud edénica entró en el terreno de la limitación, en un mundo severo de contornos rigurosos y en una urgencia presidida por el ansia de conocimiento, el obstáculo de la decisión y el imponderable de la muerte. Sus hijos, acuciosos, nos sentimos desde entonces huérfanos de plenitud, intuyendo y anhelando, angustiados, una totalidad a la que no accedemos. El gran arte, la gran literatura, es el síntoma y, a la vez, la redención de todo ello, al producir el misterio de una belleza a nuestra medida. En la contemplación del arte me siento humano, profundamente humano, y me reconozco como criatura espiritual en este mundo contingente. Me siento completo y necesitado. Tocado por la luz de una belleza que acaso es la sombra de algo más. Esa es la marca, en último término, de la experiencia estética.

2020 Javier García Gibert

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