GLOSAS LITERARIAS

UN APUNTE SOBRE EL REALISMO ESPAÑOL

              Quizá se deba a extravagancia mía, pero siempre me ha gustado tener la sensación de estar leyendo un libro que estoy convencido de que nadie está leyendo, en ese momento, en todo el planeta. No me refiero, por descontado, a un libro que pertenezca a la innumerable suma de libros triviales, intrínsecamente perecederos, sino a alguna obra estimable o de autor ilustre, que todavía guarda interés, al menos para mí, pero que ya nadie lee ni por asomo: caída para siempre en el abismo del olvido (un abismo que hoy aumenta en progresión geométrica, con lo que mi placer de lector único y atrabiliario tiene la virtud –objetivamente desgraciada- de poder multiplicarse).

             Pues bien, leía el otro día uno de esos libros, De Madrid a Nápoles, crónica de viajes de Pedro Antonio de Alarcón –autor por el que tengo una gran estima desde que devoré de joven ese huracán narrativo que es El escándalo- y me encontré con un pasaje que me cautivó en seguida. Se trataba del relato de la audiencia que, merced a los oficios de la Embajada española, logró concertar el escritor en Roma con el Papa Pío IX, el 2 de enero de 1861. La pluma de Alarcón transmite fielmente el nerviosismo y la emoción que le embargaban cuando acudió aquella mañana a la Plaza de San Pedro y describe con detalle los prolegómenos del encuentro: el franqueo inicial de la guardia vaticana, la suntuosa escalera decorada por Bernini que daba acceso al segundo piso, la vasta antecámara, la prolongada espera en un imponente salón alfombrado y tapizado, y la aparición por fin del secretario pontificio que le conduce a través de un amplio corredor, en el que departen de pie y en voz baja altos dignatarios de la Iglesia, hasta el mismo despacho de Su Santidad Pío Nono. La turbación al verle cuando se abre la puerta, y después los entresijos de la conversación privada, que resulta inesperadamente plácida y afectuosa. El Pontífice se interesa de entrada por su origen andaluz y, vinculando unas cosas con otras, acaban hablando de las novedades de la red ferroviaria en España, a cuenta de lo cual Alarcón se permite corregir cortésmente los errores del Papa sobre la ubicación geográfica de algunas ciudades españolas: “aquella falibilidad del Sumo Pontífice –anota con fina gracia el escritor granadino-  tenía para mí un indecible encanto y aumentaba la tierna confianza de una visita que yo había imaginado tan solemne y dificultosa”. El Papa le pregunta después por los motivos de su viaje a Italia, llegando a cuestiones aún más personales, como la condición “soltera” del escritor granadino, que aún no estaba casado por aquel entonces. Alarcón nos relata, para terminar, la cordial despedida, que incluye la bendición de un rosario (encargo de su madre) y el regalo, por parte del Papa, de una medallita de la Inmaculada Concepción.

            Pero el momento que más me impactó se localiza al principio de la entrevista, después de las genuflexiones ceremoniales y antes de haberse siquiera iniciado el diálogo. Alarcón refiere que, en el aturdimiento de su conmoción primera, sus ojos recorren de modo confuso las distintas prendas de la indumentaria del Papa (el solideo, la muceta, el capisayo), pero en algo sí se fija con detenida atención: “en sus pulcras y hermosas manos, y, sobre, todo, (¡cosa rara…, que me pareció pecaminoso afán mío de ver al hombre detrás del Pontífice!) en que el cuello de la muceta estaba un poco desaseado, de ludir con los sedosos cabellos blancos de Su Santidad…”.

          Al leer estas líneas, esbocé una sonrisa y repentinamente me vino a la cabeza otro encuentro de un español ilustre con un Pontífice, que había ocurrido dos siglos antes y que había alcanzado una insuperable dimensión artística al quedar plasmado en un inmortal retrato: me refiero, claro está, al que Velázquez pintó en 1650 a Inocencio X, en el curso del segundo viaje a Italia del pintor sevillano. Es bien conocida la reacción del Papa al mostrarle el artista el cuadro terminado. Estimó sobremanera su calidad pictórica, pero su primera frase fue de desconcierto: ¡Troppo vero! (“¡demasiado verdadero!”), dicen que dijo. Entendemos perfectamente el significado de esta exclamación: la mirada esquinada, el fruncido ceño del personaje del cuadro, sentado entre cortinajes rojos en su sillón dorado, revelaban sin duda la naturaleza humana, demasiado humana que latía debajo de aquel poderosísimo icono religioso.

            Velázquez había observado y sacado a la luz esa verdad sin trampas, igual que Alarcón había captado, y nos transmitía, el pequeño detalle que bajaba de un plumazo al mundo terrenal a quien parecía, por su propia condición, que más tenía que elevarse por encima de la tierra. Pero ese afán del que se inculpaba el escritor “de ver al hombre detrás del Pontífice” no era manía o percepción específica de Alarcón (o de Velázquez), sino más bien un rasgo del realismo artístico de la nación española. Siempre el español tiende a ver el hombre detrás del Héroe, del Monarca, del Pontífice… Ya desde el Cid, que, en el comienzo mismo de nuestra literatura, mira a la tierra de la que ha sido despojado con sus ojos húmedos,  lo   que   al  espíritu   artístico  del  español  le  interesa  es  reflejar  la sombra o la

fisura de la grandeza humana; o, al revés, la brizna de excelencia o la posibilidad de redención que puede ocultarse en la apariencia modesta o en el alma depravada. La dignidad de los personajes humildes o la figura del pecador salvado y arrepentido, que tanto proliferan en la pintura y la literatura de nuestro Siglo de Oro, no dan muestra de otra cosa.

           Habría que precisar, sin embargo, que esa vocación característica del realismo español no sigue la variante rencorosa y mezquina del “no hay un gran hombre para su ayuda de cámara”, ni tiende, por otro lado, a idealización alguna, sino que se basa, más bien, en el convencimiento de que existe una comparecencia simultánea (y reversible) de dignidad y miseria en la naturaleza humana. Y que es posible vibrar ante los dos estímulos. Quevedo, por ejemplo, puede disfrutar señalando en el Buscón –siguiendo el patrón anti-sublimador de la picaresca- los vergonzosos rotos y remiendos que esconde el vestido del encumbrado hidalgo, pero es igualmente capaz de mostrarse admirado ante la grandiosa y digna muerte en el cadalso de un personaje como don Rodrigo Calderón, cuya trayectoria moral consideraba despreciable.

            Pero aún otra imagen me vino a la memoria, relacionada con el mencionado detalle que señalaba Alarcón: la de don Quijote quitándose las medias en la soledad de su cuarto. Me refiero a un pasaje conocido de la Segunda Parte (cap. 44), cuando el héroe cervantino se ha quedado solo en el Palacio de los Duques, porque Sancho acaba de marcharse a la ínsula Barataria. Don Quijote cena con sus anfitriones y se retira en seguida a sus aposentos. Nuestro hidalgo está  melancólico (la Duquesa lo ha advertido durante la cena) y, al quitarse las calzas para meterse en la cama… -“¡oh desgracia indigna de tal persona!”, escribe Cervantes-, se le saltan “hasta dos docenas de puntos de una media, que quedó hecha celosía”. Este mínimo pero penoso accidente, que dejará a la vista (pues carece de repuesto) su dolorosa miseria ante los finos aristócratas que lo tienen alojado, acaba de minar el ánimo del caballero, que se queda durante largo rato insomne y afligido, dando vueltas y más vueltas sobre su cama. No nos interesa ahora lo que sucede después, porque lo dicho resulta suficiente para lo que comentamos sobre la singular modestia iluminadora del realismo español: ese cuello raspado en la muceta del Papa, ese descosido en la calza de Don Quijote…

 FELIX FATUM

       Si es que existe todavía, el estudiante vocacional de Humanidades (Literatura, Filosofía, Historia...) habrá de combatir su desilusión universitaria y su soledad de rara avis en el mundo con reconfortantes pensamientos de futuro. Imaginará que, cuando presente su Tesis Doctoral, el Tribunal que examine su trabajo lo habrá leído cuidadosamente y sus miembros lo comentarán con discernimiento antes de darle el sobresaliente cum laude. Imaginará que, cuando ejerza su oficio de profesor, intercambiará con ardor complicidades y juicios con sus compañeros de gremio sobre el saber que ama y que imparte. Imaginará que, cuando escriba su primer libro, detectará el interés –e incluso el entusiasmo- del editor que lo publica y compartirá con él las esperanzas y expectativas del mismo.

           Nada de esto ocurrirá, desde luego, pero es mejor que él no lo sepa, como es mejor que nadie sepa el día y hora fatal de su muerte. Todo vendrá a su debido momento y poco a poco se irá curtiendo en el aprendizaje de la decepción, en aquella bendita sabiduría barroca del desengaño. Verá hasta qué punto su precioso saber no tiene valor de cambio ni valor de uso en el mercado de los bienes y de los servicios, y que el mundo lo convierte en un ser atrabiliario, un resto penoso de la época extinta de las bibliotecas. Pero nada de eso menguará el gozo ni la intensidad del placer dentro de su alma. Cultivará su vocación clandestinamente con uno o dos amigos (si es afortunado) y descubrirá el valor del silencio y la discreción. Comprobará que son otros –farsantes charlatanes- quienes se granjean el respeto oficial y el reconocimiento público.

 

          Pero él vivirá silenciosa y permanentemente en un sistema clásico y espiritual de referencias (filosóficas, literarias, artísticas) que ha de acompañarle hasta la tumba: la ciudad de Köninsberg y el nombre de Lucilio le remitirán sin falta a Kant y a Séneca; si al azar escucha hablar de Tom Jones, le vendrá a la cabeza la novela de Fielding, no un añejo cantante de los años 70; cuando el Tour de Francia termine una etapa en el Mont Ventoux, se acordará de Petrarca indefectiblemente, y el sol otoñal de alguna mañana entrando en su cuarto le hará pensar en el holandés Vermeer... Nunca se planteará si es buena o mala esta red de asociaciones y recuerdos con los que teje su visión del mundo. Sólo aceptará sin muchos remilgos que ésta es su manera de estar en él.

PEDREGOSA TIERRA

                                       

 

A los viejos profesores de materias humanísticas en la Enseñanza Media, víctimas de la incuria de los tiempos digitales y de una disolvente Ley educativa que concibieron políticos y pedagogos resentidos (que en su día fueron –no cabe pensar otra cosa- malísimos estudiantes).

 

Cómo vender a las almas blandas el hueso del sentido

cuando con medios vastos, refinados, infinitos,

la época hoza y se reboza en su embolismo ciego.

Y cómo proponer a quien no los lleva dentro

(y cada día los que lo llevan menguan)

el regalo de la angustia conquistada,

la belleza que asesina sin piedad,

la pregunta necesaria y sin respuesta.

 

Todo es pedregosa tierra para esta semilla

y ni con amor el saber llega.

EL ESTIGMA ZWEIG

        Cuando aún había libros en los hogares de la clase media, los jóvenes “intelectuales” de mi generación (todos invariablemente progres y melenudos), con la insolencia de la edad, ignorábamos displicentes, por inanes o reaccionarios, muchos de los volúmenes que constituían las bibliotecas familiares. Libros como Hambre de Knut Hamsun, El Doctor Zhivago de Boris Pasternak, Climas de André Maurois,  El filo de la navaja de Somerset Maughan, El malvado Carabel de Fernández Flórez, Quo Vadis de Herik Sienkievicz o las Historias del Padre Brown de G. K. Chesterton, por citar sólo unos cuantos, eran entrevistos con altanería por nuestros ojos, ahítos de volúmenes de mayor enjundia, osadía técnica o compromiso político. Entre esas obras preteridas o, con más certeza, despreciadas por la incuria y la ignorancia de nuestros años mozos, estaban, por supuesto, las de Stephen Zweig, a quien intuíamos, sin conocerlo más que por los lomos de sus libros, un biógrafo aburrido, un prescindible ensayista burgués y un novelista facilón (cuyos relatos, dónde va a parar, serían mucho menos interesantes que Rayuela de Cortázar, La madre de Gorki o los Trópicos de Henry Miller).

 

            El tiempo no sólo arruga, debilita o encanece; también aporta sabiduría. Hoy Zweig, en cierto modo, representa para mí el paladín más ajustado de toda aquella literatura que poblaba vanamente –a nuestro sentir de entonces- los anaqueles de las bibliotecas paternas. Una cultura honda y perfectamente digerida, una curiosidad insaciable, un delicado sentido ético, una modestia y una devoción por la presencia del Espíritu en las obras humanas, una acabada comprensión de la grandeza y la miseria de sus semejantes y un estilo limpio y sentido, finamente literario, hacen de Zweig –luego lo vi- el ejemplo más acabado de un humanista en el siglo XX. Por eso mismo da la impresión de que –igual que en Kafka, en Rilke, en Camus- vemos el alma grande de Zweig en sus creaciones, compareciendo a la par que sus libros. A pesar de las reediciones felices de que goza hoy su obra en nuestra lengua, la indiferencia que sentíamos por él en nuestros primeros años de formación adquiere, para nosotros, el carácter de un estigma generacional, y su suicidio–cometido en Brasil, donde estaba expatriado, durante la Segunda Guerra Mundial- es el emblema del aciago destino que aguarda a los amantes de la cultura humanística en la necia sociedad contemporánea.

 

FLORES EN EL ALBAÑAL

          Hay grandes, poderosos escritores, escritores con mayúscula, a pesar de sí mismos y del cariz mostrenco de sus intenciones. Es el caso paradigmático de Zola, que escribe obras maestras como Therèse Raquin o L´assomoir  pasando por encima (o por debajo) de las absurdas y raquíticas teorías cientifistas en las que decía fundar sus novelas. Pero a lo largo del siglo XX los mayores obstáculos que se puso a sí mismo el genio creador ya no fueron de signo ideológico, sino que derivaron de su negación de la realidad objetiva del mundo y de su delirante apuesta por la representación espesa y subjetiva del mismo. Esto se manifiesta particularmente en lo que podemos llamar “novelistas del flujo”, de la incontinencia sintáctica, verbal, autoral. Es el Faulkner que se confabula contra los lectores, el Joyce que escribe con guantes en su laboratorio, el Proust hiperestésico que se mira el ombligo. Más amigos de Plutón que de Platón, son escritores dotadísimos que han renunciado a las trascendencias (o que, como Proust, sólo han pretendido la reminiscencia inmanente de una magdalena). Pero el Arte y alguna Verdad brotan a veces en los albañales de los genios como flores extrañas: ahí está Luz de agosto, ahí están Los muertos y ahí está ese primer capítulo de Por los caminos de Swann...

LECTURAS ADOLESCENTES Y RELECTURA

             ¿Cuántos "lectores jóvenes" existirán hoy en día? Llamo “lectores” a los que tienen el ansia de conocer el mundo a través de los libros y desean leer con sus propios ojos TODO aquello que merece y ha merecido la pena ser leído. Y llamo “jóvenes” a los que no llegan a los 25 y tienen los factores de la juventud en su proporción exacta: un 50% de ilusión y buena fe y otro 50% de exhibicionismo y necesidad –legítima- de autoafirmación (ah, ¡y un 100% de ignorancia!). Hablo por mí, cuando era joven, pero supongo que mi caso es extensible a los demás. Si no existen “jóvenes lectores”, verdaderamente es una lástima, porque los sensores de lectura están en su máxima intensidad de los 15 a los 25 años y los libros entran como tiros en el alma. La imperfección o superficialidad probable de esas lecturas juveniles (mejor llamarlas “adolescentes”) no es una razón para minusvalorarlas desde el mirador de la edad madura. Pues en aquel período –y no en ningún otro- se plantan las raíces, se ponen los cimientos de lo que será después –si llega a serlo- una solvente y profunda cultura literaria. O entonces o nunca. (Aflige, por cierto, comprobar cómo las nuevas generaciones, tan plagadas de universitarios, están procurando en este sentido, con celo digno de mejor causa, un yermo absoluto e irremediable para el futuro de sus vidas). Recuerdo esas tardes y noches enteras leyendo sin pausa y con arrobo cuatro, cinco, seis horas sin merma de visión, fatiga de la mente o embotamiento del espíritu.... ¿Quién es capaz, veinte años más tarde, de aguantar otro tanto?

         Ante el enorme acopio de lecturas realizadas en esas sesiones maratonianas de los años mozos es comprensible que al lector ya maduro le asalte la duda: ¿releer o no releer lo entonces leído? He ahí la cuestión. Pues se leyó de todo, con avidez infinita. Es verdad que muchas de las lecturas eran coyunturales, dictadas por el signo y la moda de los tiempos y lo que a la sazón eran autores y obras imprescindibles hoy nos parecen innecesarios: ¿quién va a releer a Celaya o a Goytisolo pudiendo releer a Cernuda o a Delibes?; ¿quién va a volver a los poemas de Brecht, a El hombre unidimensional de Marcuse o a los ensueños teológico-científicos de Teilhard de Chardin, si puede volver a Horacio, a Kant, a San Agustín? También es cierto que hay lecturas adolescentes, además de epocales, que parecían destinadas a arrebatar nuestro espíritu en los primeros años: Kerouac, Allen Ginsberg, Lautréamont... El mero instinto y la experiencia nos asiste muchas veces en nuestras tentaciones de relectura: Nadja de Breton, no; El lobo estepario de Hesse, sí. Y ocurre lo mismo con lo que nos entusiasmaba en el terreno del ensayo filosófico: La experiencia interior de Bataille, no; La genealogía de la moral de Nietzsche, El mito de Sísifo de Camus, El aciago demiurgo de Cioran..., sí. Porque son obras, por así decirlo, de adolescencia eterna y universal: al volver a ellas, aunque alejados tal vez del radicalismo de sus planteamientos o de la ingenuidad de sus soluciones, no vemos la rebeldía o la desesperación de la juventud como un molesto sarampión, como una fiebre estacional de la primavera de la vida, sino como una aspiración natural y legítima del ser humano.

 

              Frente a esas lectura adolescentes, hay otras, en cambio, que requieren necesariamente a un lector maduro y que, si acaso se hicieron en los primeros años, es forzoso volverlas a hacer con el paso del tiempo. ¿Cómo comprender la enjundia humana y la riqueza poética de la Divina Comedia o del Libro de Job antes de los 30? Y, por otro lado, existen obras (el caso de Hamlet, del Quijote, de Los hermanos Karamazov...) que piden visitas periódicas a lo largo de la vida, pues la apreciación de sus tesoros en cada tramo de edad es diferente. Y hay también obras y autores que tienen su tiempo, su momento, de relectura: quizá leer a Galdós, el pausado Galdós, parece más apetecible en la edad madura que releer al rápido y hábil Baroja. Pero todo esto es, al fin y al cabo, cuestión de gustos y valoraciones. Y la duda subsiste en muchos casos. Es cierto que las circunstancias se imponen a veces, y la realización de algún trabajo o el interés de alguna búsqueda dictan la necesidad de la relectura. O es la disposición –o la falta de ella- la que pone los límites. Uno no se ve con el ánimo de hacer esfuerzos como los que hizo entonces: ni para volver a “gozar” de la prosa o la poesía de Lezama Lima ni, menos aún, para volver a torturarse inútilmente (ahora lo sabe) con Jacques Lacan. Si tiene el prurito de volver al psicoanálisis no hace falta hocicarse en la charca lacaniana estando disponible el manantial de Freud.

 

              Porque el buen criterio del lector maduro suele llevarlo, por otro lado, a la jerarquía imprescindible de lo canónico y a la preponderancia del valor contrastado de los autores clásicos frente al dudoso (y a menudo efímero) predicamento de los modernos. Uno va a lo seguro. No es tiempo ya lo que nos sobra, y es una lástima perderlo. Pero ¿qué hacer, por ejemplo, con los clásicos modernos y rompedores que nos gustaron tanto: el Ulises de Joyce, por poner un caso? Miedo me da. ¿Y qué ocurre con la mítica y generacional Rayuela de Cortázar? Vale más no releerla, porque es seguro el batacazo. Tampoco me he atrevido hasta el momento con algunas reliquias de culto privado que me cautivaron en la primera juventud (ese ignorado J. Leyva, por ejemplo, cuyas obras tuvieron para mí una grandeza iniciática)…

SOBRE GENIOS Y MAESTROS

            Se ha escrito mucho sobre la genialidad. Genios, como Kant o Platón, hablaron de ella con fundamento. El prolífico Harold Bloom publicó hace años un libro sobre la materia, irregular e interesante como todos los suyos, y también falto, como todos los suyos, de precisión teórica y conceptual, que en esa ocasión se manifiestaba en la mezcla indistinta y sin explicaciones de genios y maestros de la literatura. Convendría tal vez distinguir esos términos.

             La genialidad, en sentido estricto, debería adscribirse a aquellos autores que muestran universos o perspectivas (psicológicos, mentales, formales o existenciales) que el hombre, sin ellos, jamás hubiera concebido. El maestro, por el contrario, es el que alcanza, en el marco preciso de la tradición, cotas de refinamiento, perfección o sensibilidad extraordinariamente personales. La maestría de don Juan Manuel y la genialidad de Juan Ruiz, la maestría de Petrarca y la genialidad de Dante, la maestría de Tolstoi y la genialidad de Dostoievski... Los maestros colman las presencias, los genios cubren los vacíos. Por poner un ejemplo de la literatura española: si el maestro Garcilaso no hubiera existido (irreparable pérdida) tendríamos sin duda -y los tenemos- a Garcilasos menores. Pero si el genio de Juan de la Cruz no hubiera escrito sus grandes poemas, ningún sucedáneo cubriría esa falta y ni tan siquiera sospecharíamos que su ausencia tomaba la forma de un hueco.

             En realidad, los genios sobrepasan, cada uno a su modo, nuestras expectativas, porque se sobreponen –por encima de los códigos convencionales- a los condicionamientos formales o mentales de su época. No hay más que pensar en Cervantes, no hay más que pensar en Shakespeare. El genio siempre sorprende, porque va (y nos fuerza a ir) más allá. Un maestro describe hermosamente los adornos que muestra el escudo de Aquiles, pero sólo Homero a partir de ello (canto XVIII de La Ilíada) despliega el mapa de todo un mundo; un maestro exhibe con arte su realidad más íntima en una autobiografía (Montaigne lo hizo admirablemente), pero sólo el genio de San Agustín traza con ello el camino espinoso de la búsqueda espiritual en el alma humana; a un maestro le es dado narrar, de manera honda y verosímil, un proceso judicial del cual es víctima atroz un hombre, pero sólo genios como Kafka o el autor del Libro de Job nos hacen sentir que en ese proceso se juega el destino del ser humano.

           Cualquiera puede, con legitimidad, preferir a la sima genial la cima de la maestría. Porque la genialidad es un abismo sin fondo, la maestría es un pico anhelado. Cada lector tiene el derecho de elegir sus grandes paisajes. Algunos autores erraron sus tiros (y su camino): Goethe, por ejemplo, persiguió con ahínco la genialidad literaria sin conseguirla, mientras que otros, como Whitman, la encontraron de frente sin pretenderlo. Ya decía Kant en su Crítica del juicio que el genio actúa como naturaleza y carece de plan o poder racional para producir su genialidad o reducirla a reglas. El maestro puede llegar a ser inefable, porque es imposible con 

palabras que el crítico dé cuenta de su belleza: “Cual queda el blanco cisne cuando pierde / la dulce vida entre la yerba verde”, escribe Garcilaso; Dámaso Alonso exclamaba arrobado al llegar a estos versos: “¡Tiremos nuestra inútil Estilística, no nos sirve para nada!”. La inefabilidad del genio es distinta: no es que la regla de medición se quede corta: es que no hay vara, en realidad, para medirla. Por eso la genialidad literaria pasa a veces desapercibida para el gran público y queda en devoción de minorías. Es, por poner otro ejemplo, la diferencia que existe entre el reconocido maestro Miguel Delibes y el casi desconocido Miguel Espinosa, a mi juicio el único autor verdaderamente genial en la novela española del siglo XX.

LA EXPERIENCIA ESTÉTICA

              El gozo que a veces me produce la magnificencia de la naturaleza ocasiona en mí, simultáneamente, una angustia que no se produce ante la belleza artística. Pasear por Praga al atardecer, recorrer los frescos de Giotto en la capilla Scrovegni de la ciudad de Padua o leer un  poema de Rilke son imborrables experiencias estéticas en las que yo mismo me reconozco. Me extasían, pero no me superan. La grandiosidad natural sí que lo hace. Descubrí esta sensación con todo rigor en mi primer viaje a la India, hace ya 35 años. Concretamente en Srinagar, la llamada “perla de Cachemira”. Desde mi house-boat en el lago Dhal, contemplaba diariamente la imponente cordillera del Himalaya, mientras el agua, bajo mis pies, era un fastuoso jardín flotante lleno de nenúfares y de lotos. Me penetró la impresión dolorosa de no saber qué hacer con todo aquello. No sabía de qué modo incorporarme esa belleza, cómo asimilarla, cómo deglutirla, salir mejorado o fortalecido de ella. El espíritu oriental diría que, en efecto, el error es mío: querer integrar, querer poseer, en lugar de integrarme sin codicia, de ser poseído sin resistencia (por el objeto, por la realidad, por el flujo mismo de las cosas). Es el estigma occidental de los hijos de Adán, de los exiliados del Paraíso: cuando Adán fue arrancado de la plenitud edénica entró en el terreno de la limitación, en un mundo severo de contornos rigurosos y en una urgencia presidida por el ansia de conocimiento, el obstáculo de la decisión y el imponderable de la muerte. Sus hijos, acuciosos, nos sentimos desde entonces huérfanos de plenitud, intuyendo y anhelando, angustiados, una totalidad a la que no accedemos. El gran arte, la gran literatura, es el síntoma y, a la vez, la redención de todo ello, al producir el misterio de una belleza a nuestra medida. En la contemplación del arte me siento humano, profundamente humano, y me reconozco como criatura espiritual en este mundo contingente. Me siento completo y necesitado. Tocado por la luz de una belleza que acaso es la sombra de algo más. Esa es la marca, en último término, de la experiencia estética.

2020 Javier García Gibert

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