A Propósito de la Pandemia (30 de mayo de 2020)

      Parece superfluo hablar de lo que todos hablan y pido excusas de antemano por resistirme a no hacerlo en esta ocasión. Yo también incurriré, por tanto, en la consabida matraca del coronavirus, aunque intentaré ir algo más allá de la corteza visible. Y se me ocurre, antes que nada, por una simple cuestión metodológica, abordar el asunto organizadamente atendiendo a tres niveles, o a tres ámbitos –el individual, el colectivo y el macrohistórico- con la intención de discernir las cosas y ampliar poco a poco la perspectiva. Vayamos, pues, al tema sin más dilación.

        1 - Desde el punto de vista individual podría enjuiciar mi situación en la pandemia en términos relativos y en términos absolutos. En términos relativos, es decir, comparándome con las demás personas, mi situación ha sido, creo, bastante mejor que la de la media: he tenido la suerte de no enfermar (por lo menos de momento), no he sufrido -a diferencia de muchos- perjuicios laborales o descalabros económicos y no he tenido que afrontar problemas de convivencia en el confinamiento, ya que vivo solo. He pensado mucho, conmiserativamente, en los que, sin poder aliviarse de ninguna manera, han pasado su “arresto domiciliario” en pisos pequeños, con el pariente o la parienta sacándoles de quicio y uno o más hijos dando la murga (cuando no algún suegro o suegra de propina, tal vez infectado de coronavirus). Todo un horror.

      Por otro lado, si juzgo mi situación en términos absolutos, debo decir que mi ánimo ha fluctuado entre el mantenimiento de una conformidad cercana a la imperturbabilidad estoica y la natural rebelión del hombre libre frente al dogal de las coerciones externas (más duras, si cabe, en esta ocasión por el cariz deleznable de quienes las han impuesto). Pero sin duda ha prevalecido en mí la conformidad filosófica a la hora de llevar adelante mis tareas cotidianas, y he adecuado a la nueva situación mis viejas rutinas sin demasiados problemas. Esto me ha hecho reflexionar un poco  sobre mi asumida condición de “hombre de letras” y he recordado, en términos de contraste, aquella constatación de Jean Améry sobre la pésima suerte que arrastraba en Auschwitz el intelectual humanista, que, a diferencia de los trabajadores manuales, no tenía ninguna utilidad para los verdugos nazis y que, por otro lado, era incapaz de asimilar espiritual y psicológicamente todo aquel infierno, algo que sí eran capaces de hacer los hombres prácticos. Pero ha sido al revés en la actual circunstancia, porque no es un infierno recluirse al amparo de los asuntos propios y porque el espíritu, en el aislamiento, tiende a crecer y profundizarse. El confinamiento me ha confirmado, de hecho, aquello que siempre había intuido: que seguramente no lo pasaría tan mal si estuviera en la cárcel, siempre que tuviera una celda para mí solo, y libros para leer y papel para escribir.

         2 - Desde el punto de vista colectivo, es decir, político (política sanitaria, política social, política económica), la gestión de la pandemia en nuestro país –todo el mundo lo ha visto- ha sido execrable: tardía, ineficaz, mentirosa y sectaria. Y supeditada a las cuestiones ideológicas y a las estrategias del poder. No hace falta detenerse en eso, porque los hechos y los datos cantan. Ahora bien, si se profundiza un poco en ese desastre, y más allá de adscripciones partidarias o partidistas, llega uno a la conclusión de que lo que ha fallado –clamorosamente- es la calidad humana y profesional de nuestros gestores, y esta es una lacra característica de nuestro tiempo: la falta de preparación, la injustificada soberbia, el semi-analfabetismo palmario de los gobernantes. El problema es, en efecto, que, con raras excepciones, las élites rectoras de nuestros días (políticas, sociales, formativas), aunque mantienen el mismo poder y lugar de privilegio que las antiguas, ya no son élites verdaderas, graduadas en el mérito y en la excelencia, sino gente oportunista salida de la hez del vulgo espiritual y que pertenece a él en cuerpo y alma, no aspirando ser otra cosa. Lo dijo el ínclito Zapatero con satisfacción digna de mejor causa: “En la España de hoy, cualquiera puede llegar a ser presidente”. Desde luego. Y también ministro y ministra, vicepresidente y vicepresidenta. Tal es el problema verdadero.

       Éste parece ser el signo de los tiempos, aunque ignoro lo que deparará el futuro. Pero no abrigo esperanzas de que cambien las cosas cuando esto finalice. Aunque con incalculables daños sanitarios, económicos y psicológicos, la pandemia pasará en nuestro país, se dejará de lado atropelladamente, aunque el alivio sólo durará hasta que el problema se repita o venga algo peor. Porque el hombre olvida para sobrevivir. ¿Quién se acuerda en estos días de la terrible amenaza del terrorismo islámico, que hace unos años nos quitaba el sueño? Y, sin embargo, esa amenaza existe, y el día menos pensado volveremos a encontrarla, quizá recrudecida y arrasadora, al doblar una esquina. Y luego está la alienación digital, la desaparición de la Gran Cultura, el alimento de los odios cruzados, el desguace de España... Esa es la realidad que nos espera cuando se acabe esta pesadilla.

       A la luz (o a la sombra) de este panorama, la única alternativa que a mí se me ocurre –dada mi condición y mis circunstancias- está en el retiro al ámbito individual y en el alejamiento de lo colectivo: cultivar el jardín (real o metafórico) y asumir la vieja incitación de Píndaro de llegar a ser el que uno es.

        3- Porque el asunto no es más alentador si abrimos el foco y examinamos la crisis de la situación actual, más allá de lo político y lo nacional, en el amplio contexto de la macro-Historia. Lo que vemos entonces es que la presente pandemia es el último jalón de una serie de calamidades que empezaron a caer con el nuevo siglo y que han mantenido un ritmo creciente de extensión geográfica y de víctimas: el atentado de 2001 en las Torres Gemelas (y los grandes ataques terroristas de los años siguientes: en Madrid, en Londres, en París…), el tsunami del 2004 en los países ribereños del Océano Índico, la crisis financiera del 2008, que tantos problemas y tanta miseria causó en Occidente en los años sucesivos… La actual pandemia del coronavirus no es sino el eslabón más reciente y más universal de esta serie apocalíptica. Aunque es seguro que vendrán otros: es, por ejemplo, muy previsible, que no tarde mucho en aparecer algún virus informático de dimensión planetaria que pinche este globo en el que vivimos y nos deje flácidos, desinflados: sin protección, sin datos, sin memoria.

      Ahora bien, ¿hacia dónde apuntan todas estas crisis, todo este rosario de calamidades? No tengo duda de que son los signos de un cumplido apocalipsis que anuncia el final de lo que puede entenderse -por emplear las nociones que utilizaba Spengler- como una “Civilización” carente de “Cultura” (una Cultura que la alimentaba y que ha ido desapareciendo en las últimas décadas). Queda el cascarón, la carcasa vacía de esa civilización, que contendrá una nueva y sofisticada época -la Era digital- cuyas dos máximas aspiraciones, a lo que parece, son la desaforada promiscuidad intercomunicativa y la longevidad increíble. Quizás a muchos les sea suficiente y, hechizados por tales señuelos, renuncien a pensar: a hurgar en la dirección del mundo, el sentido de las cosas y los pecados del hombre (y de la mujer). Y tal vez confiados en la seguridad tecnológica no vean que nos acechan los peligros de siempre (el fanatismo, la avidez humana, los desastres de la naturaleza) ni alcancen a ver en su cruel dimensión la trágica ironía en la que vivimos: que cuanto más intercomunicados e hipertecnificados estamos, más inermes, más vulnerable somos (¿prueba otra cosa el Covid-19?).

         Pero el mundo no va a sacar lección alguna de estas calamidades, porque para eso hay que mirar hacia arriba o hacia los adentros. Y lo cierto es que todos miran a sus móviles.

2020 Javier García Gibert

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