Contra el Juicio sentimental (II) - Breve fundamentación teórica

         Esta inflamación de lo sentimental y la conversión del sentimiento en fuente de juicio, se produce en detrimento de lo racional-ético y de lo místico-espiritual. O dicho desde el ángulo de la perspectiva histórica: las ideas racionales y los principios espirituales de la tradición humanista se ven desplazados por la ideología y las metas del sentimentalismo humanitario.

 

      Esta sustitución del juicio racional por el sentimental hunde sus raíces, aunque parezca mentira, en el siglo XVIII. Porque la supuesta entronización de la Razón en el siglo ilustrado –el “siglo de las luces”- es una tesis bastante engañosa. Para comprobarlo, no hay más que fijarse en la sangría revolucionaria en la que desembocó esa centuria: ¿no fue el resultado de una eclosión gigantesca del sentimiento (y del resentimiento), alejada de cualquier control racional? Buena parte de la filosofía del momento participó directa o indirectamente en ese desvío. Hume reconoció, y legitimó de algún modo, la subordinación de la razón a las pasiones humanas y alegaba que las emociones y los sentimientos eran hervideros de valor moral. Jeremy Bentham fundaba su ética atendiendo a las sensaciones de placer o de dolor que se desprendían de los actos (convirtiéndose, de hecho, en el gran mentor del animalismo al sostener que los animales tienen sentimientos y que eso los hacía tan respetables como las personas). Pero es, sin duda, Jean-Jacques Rousseau –seguramente el pensador más influyente de la época moderna- el que sienta las bases del sentimentalismo actual y el que protagoniza, en el curso de la Historia, el paso de la vieja concepción humanista a la nueva visión humanitaria. En Rousseau se produce, en efecto, la conversión de lo espiritual en sentimental y la sustitución de lo ético por lo ideológico, postulándose un juicio radicado en el sentimiento, no en la razón, y una exaltación paralela de la “compasión”, a la que se atribuye un valor moral de decisiva importancia.

          La polémica intelectual sobre la compasión (hoy ensalzada bajo otros vocablos, como “empatía” o “solidaridad”) es muy significativa. La compasión es, a fin de cuentas, la gran virtud del humanitarismo y, como ya advirtió Horkheimer en el siglo pasado, se ha convertido en “el sentimiento moral más característico de nuestro tiempo”. Pero, desde los estoicos hasta Hannah Arendt, la verdadera tradición del humanismo no la ha considerado tan virtuosa, precisamente por ser una pasión (com-pasión) y no estar filtrada por criterios racionales, como lo están la justicia o la equidad, que son los conceptos a los que debería apelarse. La compasión es, desde luego, un sentimiento natural y totalmente comprensible, pero no es fuente en sí misma de valor moral, precisamente por su origen pasional. Por eso mismo, como señaló Nietzsche, alimenta en su seno huéspedes impuros: el miedo, el placer, el cálculo, el sentimiento de superioridad…

     También Kant desconfiaba de la compasión, advirtiendo de inmediato el extremado peligro que suponía el juicio sentimental rousseauniano. Fue, de hecho, el primero en rebelarse frente a ello, y erigió un riguroso sistema moral (basado en el deber y la voluntad libre), emplazado en las antípodas de ese sentimentalismo que juzgaba deletéreo para la comprensión cabal de la persona y la fundamentación de sus valores éticos. Antes de acabar el siglo XVIII, y siguiendo esa estela, el literato y pensador Friedrich Schiller, en uno de sus textos más conocidos, Sobre poesía ingenua y poesía sentimental, se enfrentó al veneno esparcido por Rousseau denunciando su “impresionabilidad enfermiza” y señalando la pobreza de los resultados que, de cara a la fuerza y la dignidad del hombre, confiere su aproximación sensorial y pasional, pero no moral ni racional, a la naturaleza humana. Por los mismos años, otro ilustre kantiano, Johann G. Fichte, reflexionaba sobre el mismo asunto y, en la quinta de sus Lecciones sobre el destino del sabio, advertía que el funesto discurso sentimental alentado por Rousseau era altamente persuasivo para mucha gente, porque “para no dejarse inducir a error por él, hay que poseer o un grado muy alto de perspicacia, o uno muy bajo; hay que ser un pensador completo o no serlo en absoluto”.

        Fichte ponía el dedo en la llaga y su aguda observación es hoy más válida que nunca, habida cuenta del semi-analfabetismo generalizado de la sociedad actual. Ni sana y espontánea rudeza natural que afronte sin prejuicios la realidad de la vida, ni espíritu profundo y cultivado que llegue discursivamente al fondo de las cosas, sino masas superficialmente formadas que han perdido la intuición primigenia y no llegan, sin embargo, a la reflexión instruida. Ese es el drama de la sociedad contemporánea, sumida en el magma confuso de lo sentimental; el terreno abonado, por añadidura, para la manipulación política. Con la razón no se arrastra a nadie; sólo el sentimiento da gasolina a la perfidia demagógica y populista. 

         Pero el sentimentalismo es la expresión fidedigna del tiempo en que vivimos: una época suntuosa en adelantos técnicos, supuestamente hipercivilizada, pero decadente y debilitada, y ya sin el aliento de la gran cultura. El sentimiento le da a ese vacío el calor de la vida, pero depara una visión endeble de la existencia humana, ajena a las verdades responsables y hondas. No es difícil darnos cuenta de ello, si prestamos atención. Todos hablamos sentimentalmente de nuestros deseos, de nuestras frustraciones, de todo aquello que la sociedad y el mundo pensamos que nos debe. Pero cuando advertimos algo verdaderamente noble dentro de nosotros sabemos que no sale del sentimiento (que es también la fuente de la mugre moral), sino de algo más sólido, más profundo. No hablamos entonces del sentimiento del deber, sino del sentido del deber, del sentido del honor, del sentido de la justicia…

       Siempre viene bien acudir a los clásicos para que pongan los puntos sobre las íes. Muy oportunas son, a este respecto, las reflexiones del maestro Séneca al final de su tratado Sobre la Clemencia, donde se le ocurre, aleccionadoramente, distinguir esta virtud de “la compasión”: ésta proviene de una pasión -nos dice- que ofusca y debilita el espíritu, y puede considerarse, por consiguiente, una “enfermedad del alma” (aegritudo animi), mientras que la clemencia procede de la “grandeza de ánimo” y tiene su origen en el “dominio de sí”. Qué explicación tan sencilla y tan luminosa, pero qué incomprensible para la gente de ahora: ¿qué es eso de la “grandeza de ánimo” –se preguntarían-, qué es eso del “dominio de sí”?

2020 Javier García Gibert

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