Contra el Juicio sentimental (I) - Descripción del fenómeno

            El maestro Sófocles, en su tragedia Antígona, percibió el asunto con claridad meridiana. El enfrentamiento entre Creonte, rey de Tebas, y la joven Antígona, que, conculcando la ley, pretende dar sepultura al cadáver de su hermano, rebelde en armas contra la propia Tebas, le sirve a Sófocles para plantear el conflicto entre las normas objetivas y los sentimientos individuales. Creonte reivindica la ley sin excepciones y Antígona reclama la excepción para su caso, apoyándose en costumbres seculares y movida por su apasionado amor fraterno. El memorable enfrentamiento dialéctico entre ambas posturas no resuelve el conflicto, sino que lo encona, y la cosa acaba muy mal, en tragedia para todos.  Mi larga experiencia como profesor certifica la adhesión de los estudiantes a la postura de Antígona, en un apresurado entendimiento del problema que empatiza de inmediato con la heroína trágica. Pero la comprensión más honda, más trascendente, tiene otras lecturas. Ya lo dijo Hegel: “Creonte no es un tirano, sino una potencia ética”. Y, a fin de cuentas, su postura, que es el respeto a la ley consensuada, es la que hizo posible con el paso del tiempo la configuración del Estado moderno y democrático. Sí, nuestro corazón puede estar con Antígona, pero la razón y la justicia son imposibles con ella.

          El problema, sin embargo, ha estado candente a lo largo de los siglos, porque apela a dos instancias constitutivas del ser humano. Podría decirse que hay “tiempos Creonte”, en los que el consenso objetivo impera, y “tiempos Antígona”, como el que ahora vivimos, donde los sentimientos y el subjetivismo parecen desatarse, sustituyendo el juicio racional por el sentimental y pretendiendo que éste se eleve a norma. Pero esto es imposible, salvo si se rompe –como ocurre ahora- la concordia social y se vive en permanentes contradicciones lógicas e ideológicas.

            Porque el sentimiento -pasional y subjetivo- no puede organizar la vida colectiva ni configurar el esquema de valores de una sociedad. Cuando la madre de un adolescente le espeta al profesor, como argumento de peso, que su hijo, que está suspendido, se ha esforzado mucho, su alegato no tiene verificación alguna, pero el sentimiento de madre le lleva a privilegiar la intención de su retoño sobre los resultados objetivos y esto supone un subjetivismo inasumible. Por lo demás, las madres no pueden ser jueces de lo que hacen sus hijos, porque el corazón no puede convertirse en órgano de razón o de juicio. Ocurre con todo: se puede querer a un perro más que a una persona (eso cualquiera puede entenderlo), pero de ahí a pensar que un perro vale lo mismo que una persona va un abismo de locura.

         El sentimiento tiene su fuero en las cosas privadas, individuales, pero en los asuntos públicos, compartidos, la pura razón es lo deseable, porque es el único terreno común y seguro donde podemos entendernos. Hay un error en creer que el sentimiento es lo que nos acerca a las demás, porque es la razón, genéricamente, la que nos aproxima. El juicio sentimental, más bien al contrario, es extremadamente peligroso para la paz general, porque el juicio basado en el sentimiento es el paso previo y casi necesario para el juicio lastrado por el resentimiento. ¿Y no es acaso el banderín de enganche de las ideologías radicales, segregadoras, que plantan sus raíces en la división social? Todas ellas rinden su culto en el altar del sentimiento y dividen al mundo, provisoriamente, en verdugos y víctimas. Pero considerar de entrada (con ojos sentimentales) a un ser humano como una “víctima” es un presupuesto del todo pernicioso, no sólo para la propia dignidad de la persona, sino también para el rasero moral con el que las cosas deben juzgarse. ¿Es preciso recordar que una supuesta “víctima social” (mujer, inmigrante, perteneciente a minoría sexual, ciudadano de “nacionalidad oprimida”, etc.) puede ser también, y antes que nada, una malísima persona?

         La entronización del sentimiento lleva, en definitiva, al relativismo intelectual y a un subjetivismo irracionalista que conduce fácilmente a linchamientos sociales. Desde la perspectiva sentimental cada uno valora la calidad ética de los actos y de los pareceres por la intensidad con la que siente determinadas emociones, y se juzga facultado para denigrar y perseguir a los que cree que no sienten lo mismo que él: sobre los hombres, sobre la mujeres, sobre las naciones, sobre las religiones, sobre los animales... El exhibicionismo, la arbitrariedad, el vano sentido de superioridad moral son actitudes que están adheridas a este modo de ver y valorar las cosas. 

 

     Pero todo sucede, si nos fijamos bien, en el ámbito efímero y equívoco de las sensaciones. Es la sensiblería superficial, la impresionabilidad sin poso del que llora en el sofá viendo una película (y después otra), la movilización repentina del que contempla una imagen conmocionante en los informativos (pero que se movilizaría en sentido contrario si viera otra imagen estremecedora distinta). Porque, a diferencia del juicio racional, tan vinculado a la decantación pausada de la cultura escrita, el juicio sentimental opera de inmediato, a golpe de vista. Por eso campa por sus respetos en la sociedad contemporánea, con su especiosa noria de imágenes impactantes, sucesión de pantallas, eslóganes de diseño, compulsivos tuits… Fijémonos, por cierto, en la plaga infantil de los emoticonos, ¿no es todo un emblema del sentimentalismo simplón que caracteriza esta época?

      Digamos, para concluir, que el juicio sentimental es extraordinariamente cómodo para la mediocridad común. Todos tienen sentimientos, pero no todos tienen ideas; todos se creen con derecho a exhibir opiniones, aunque la mayoría estén ayunas de criterio. No basta con sentir, no basta con cubrirse de emociones. Pararse a pensar es muy importante. Pero eso cuesta, claro que cuesta: tiempo y ganas, sobre todo. No le extrañaba al Ortega y Gasset de La rebelión de las masas tener legiones de contradictores, pues estaba convencido de que la mayoría de ellos no se había parado a pensar ni “cinco minutos” sobre los asuntos que él ponía encima de la mesa: “¿Cómo van a pensar lo mismo que yo?”, se preguntaba.

2020 Javier García Gibert

This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now